Paco y Gema.
Así se llamaban los padres de Jaime. Obreros y trabajadores de toda la vida. Serios, y estrictos, a la vez que educados, y amables, pero sin rozar ni de lejos lo cariñoso.
Jaime había olvidado lo que era un abrazo.
No pasaba hambre en casa, pero el final de mes de un mes cualquiera se convertía en una cuesta muy dificil de subir.
Paco se levantaba a las 6 de la mañana. Cogía el autobús hasta su trabajo, donde se deslomaría poniendo ladrillos hasta que el sol se despidiera del día una vez más. A sus 43 años tenía aspecto de haber llegado facilmente a los 50, y en su cara siempre se reflejaba el rostro de un hombre cansado. Llegaba a casa a eso de las 7 de la tarde. Se tumbaba en el sofa a ver la tele hasta que su mujer le gritaba que la cena estaba lista. De 8 y media a 9 y media, era le único momento que la familia se reunía; para cenar. Pero se hablaba poco. Paco tenía mucho hambre dia si, día también, y para hablar, debía dejar la cuchara reposar en el plato, cosa que no le producía ninguna satisfacción. Al acabar de cenar, con un seco “hasta mañana” se despedía de su mujer y su hijo hasta el día siguiente.
Gema no trabajaba. A sus 45 años seguía ocupándose de mantener la casa bien limpia, de hacer la comida, y de cuidar sus flores. Tenían un jardin en su pequeña casa, no muy grande, pero lleno de grandes y hermosas flores. Las había de todos los colores, y de todas las fragancias. Y el efecto que producía ver y oler tantas flores juntas, era fascinante, casi indescriptible. Pero la vida de Gema era tan monótona como aburrida. Acompañaba a Jaime hasta la puerta del colegio para asegurarse que iba a clase, volvía a casa, y con un poco de música, siempre de la misma emisora de radio, hacía las tareas domésticas. Al terminar, se relajaba regando sus flores, y cantándolas. Comía sola, pues su hijo comía en el colegio, y su marido en el trabajo, asique no se esmeraba mucho cocinando al mediodía, puesto que no había quien la alabara lo bien que sabía cocinar. Por la tarde, a eso de las 5, salía hasta el parque dando un no muy largo paseo, donde se reunía con sus amigas, para jugar a las cartas. Las gustaba criticar todo. Se reunían y las cartas, era una escusa, para poder sacar trapos sucios de la gente. Eran malas. Incluso muy malas. A las 7 volvía a casa a recibir a su marido, y ahora si, esmerarse cocinando una rica cena que ni con una sonrisa se la agradecerían.
Jaime nunca había tenido mucho afecto con sus padres. Más que amor paternal, era una relación de compromiso. Yo voy al colegio, me porto bien, y tu me das de comer.
No esque no le quisieran, sino que expresaban, poco y mal, sus sentimientos. A Jaime eso nunca le había importado mucho. Se había acostumbrado. Ahora Jaime, solo pensaba en los coches. Daría todo, lo que fuera, por poder tener la mayoría de edad, y conducir un coche, cualquiera. Sus padres no tenían coche, y se había montado en uno las veces contadas.
Un chico aislad, sin mucho cariño recibido, y con una única pasión en la vida, los coches.
Así era Jaime.
Aún no hay comentarios por mucho
Deja un comentario
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>