Martin lo Sabe Todo


Capitulo 3: El Colegio
Mayo 23, 2008, 10:10 am
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En clase, Jaime, como en todo, era un marginado. Hablaba poco, lo justo y necesario, con sus compañeros de clase. Todos le tomaban por un rarito, siempre con sus libros raros, y sus coches, su extraña pasión.

Sin embargo, no era el más repudiado de la clase. El pobre Miguel, se las llevaba todas. Era un chico muy activo que no hacía más que crear problemas. Hablaba con quien no debía hablar, y de los temas mas inapropiados en los momentos mas inoportunos.

Raul y toda su panda, siempre abusaban de él, le quitaban el bocadillo, le rompían los bolígrafos, y le dejaban la nuca roja, como el culo de un madril, de tantas collejas que le daban.

Pero Miguel no se rendía, y seguía llamando la atención.

Jaime prefería pasar desapercibido. El solo tenía que esperar a tener los 18 años. Lo demás le daba igual.

Un miercoles cualquiera, Raul, Ruru, como le llamaban sus compañeros de clase, y toda su pandilla, estaban en el recreo, entreteniendose dando balonazos a los niños en el patio.

La agresiva actitud que guiaba a Raúl, era la que recibía por parte de su hermano mayor, Rubén, que le sacaba 3 años, y ya casi tenía la mayoría de edad.

Era un delincuente de los pies a la cabeza. Sus padres le habían echado de casa a los 16, y se había ido a vivir a una casa okupa cerca del barrio.

De vez en cuando, algún que otro miercoles, que pasaba por el colegio de Raul, se acercaba a saludarle. Iba con el uniforme de trabajo. Verde, con tiras fosforitas, con su escoba y su cubo con dos ruedas, aparentemente inestable. Si le preguntaras a Raul, cual era su heroe favorito, te diría que su hermano. Además, Rubén tenía una novia que estaba muy buena.

¿Qué más se podía pedir? Vivía sin aguantar a sus padres, tenía su propio trabajo, su novia, sus amigos, y sus chanchullos para sacarse dinero extra, ya que el sueldo de barrendero no era todo lo uno podriá desear.

Raúl lo adoraba.

En cambio Jaime, Jaime solo le veía como un chico más. Lo único por lo que podría envidiarle, es porque a Rubén le quedaba poco menos de un año para llegar a los 18 y poder sacarse el carnet. Aunque a Rubén, eso del carnet, nunca le importó mucho, ya que Jaime lo había visto varias veces pasearse por el barrio con coches, cada vez con uno distinto, acelerando hasta más no poder, coches, que Jaime no sabía de donde podrían haber salido. El verle conduciendo esos coches, aparecidos como por arte de magia, de la nada, era lo único por lo que, tímidamente, Jaime alavaba a Rubén.



Capitulo 2: La Familia
Mayo 23, 2008, 9:57 am
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Paco y Gema.

Así se llamaban los padres de Jaime. Obreros y trabajadores de toda la vida. Serios, y estrictos, a la vez que educados, y amables, pero sin rozar ni de lejos lo cariñoso.

Jaime había olvidado lo que era un abrazo.

No pasaba hambre en casa, pero el final de mes de un mes cualquiera se convertía en una cuesta muy dificil de subir.

Paco se levantaba a las 6 de la mañana. Cogía el autobús hasta su trabajo, donde se deslomaría poniendo ladrillos hasta que el sol se despidiera del día una vez más. A sus 43 años tenía aspecto de haber llegado facilmente a los 50, y en su cara siempre se reflejaba el rostro de un hombre cansado. Llegaba a casa a eso de las 7 de la tarde. Se tumbaba en el sofa a ver la tele hasta que su mujer le gritaba que la cena estaba lista. De 8 y media a 9 y media, era le único momento que la familia se reunía; para cenar. Pero se hablaba poco. Paco tenía mucho hambre dia si, día también, y para hablar, debía dejar la cuchara reposar en el plato, cosa que no le producía ninguna satisfacción. Al acabar de cenar, con un seco “hasta mañana” se despedía de su mujer y su hijo hasta el día siguiente.

Gema no trabajaba. A sus 45 años seguía ocupándose de mantener la casa bien limpia, de hacer la comida, y de cuidar sus flores. Tenían un jardin en su pequeña casa, no muy grande, pero lleno de grandes y hermosas flores. Las había de todos los colores, y de todas las fragancias. Y el efecto que producía ver y oler tantas flores juntas, era fascinante, casi indescriptible. Pero la vida de Gema era tan monótona como aburrida. Acompañaba a Jaime hasta la puerta del colegio para asegurarse que iba a clase, volvía a casa, y con un poco de música, siempre de la misma emisora de radio, hacía las tareas domésticas. Al terminar, se relajaba regando sus flores, y cantándolas. Comía sola, pues su hijo comía en el colegio, y su marido en el trabajo, asique no se esmeraba mucho cocinando al mediodía, puesto que no había quien la alabara lo bien que sabía cocinar. Por la tarde, a eso de las 5, salía hasta el parque dando un no muy largo paseo, donde se reunía con sus amigas, para jugar a las cartas. Las gustaba criticar todo. Se reunían y las cartas, era una escusa, para poder sacar trapos sucios de la gente. Eran malas. Incluso muy malas. A las 7 volvía a casa a recibir a su marido, y ahora si, esmerarse cocinando una rica cena que ni con una sonrisa se la agradecerían.

Jaime nunca había tenido mucho afecto con sus padres. Más que amor paternal, era una relación de compromiso. Yo voy al colegio, me porto bien, y tu me das de comer.

No esque no le quisieran, sino que expresaban, poco y mal, sus sentimientos. A Jaime eso nunca le había importado mucho. Se había acostumbrado. Ahora Jaime, solo pensaba en los coches. Daría todo, lo que fuera, por poder tener la mayoría de edad, y conducir un coche, cualquiera. Sus padres no tenían coche, y se había montado en uno las veces contadas.

Un chico aislad, sin mucho cariño recibido, y con una única pasión en la vida, los coches.

Así era Jaime.



Capítulo 1: El deseo
Mayo 23, 2008, 9:49 am
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Jaime llevaba gafas. Su pelo como el azabache, negro, mas negro que el carbón, parecía hasta peinado de lo aplastado y liso que lo tenia incluso recién levantado.

Era un dia triste, a pesar de todo. Jaime no aprobaba. Sacaba las asignaturas justas en las recuperaciones. No le gustaba estudiar. Desde muy pequeño, había sido codicioso, sin saber muy bien lo que era, y ávaro, sin conocer apenas el poder.

Salía del colegio, era un martes cualquiera, iba de camino a casa, a paso lento, pues la prisa no le seguía en el camino a su morada. Una martes cualquiera. Había madrugado, tomado su diario vaso de leche con galletas rancias, cogido su pesada mochila, en la que llevaba libros, montones de libros, y directo al colegio. Pero estos libros, no eran los libros de la escuela. Eran libros, que cualquiera de su edad, hubiera aborrecido hasta no poder más. Eran libros aburridos, que no tenían aplicación aparente en un niño de 13 años. Libros totalmente desinteresados. Eran libros de motores, bujías, coches, motos, e incluso aviones. A menudo pensaba, que si su profesor de historia, en vez de hablar de Felipe V, hablase de cómo funciona un motor, de cómo la gasolina puede hacer mover un coche, cuando ni 30 de los mejores caballos romanos lo hubieran hecho con tanta fuerza y destreza, prestaría atención, y sacaría incluso sobresalientes.

Pero Enrique, su profesor de historia, seguía hablando incesantemente de cómo los reyes se cedían unos a otros sus reinados tras su muerte, mientras su pueblo se moría de hambre. Su voz era ronca, y se metía en la cabeza como el más molesto malsonar de una mosca cojonera atrapada en una oreja cualquiera.

Pero Jaime, había desarrollado una técnica superior al resto de sus compañeros, y era totalmente capaz de evadir la realidad, totalmente capaz de hacer oidos sordos a aquella profunda voz, y concentrarse en sus cosas, cosas que eran realmente importantes. En las largas clases de historia, aprendía muchísimo. Aprendía un día cómo funciona una bujía, para qué servía, o como la gasolina explota dando movilidad a un motor, que a su vez, pondría en movimiento 4 ruedas que soportarían un gran peso.

En cuanto a las matemáticas, no le desagradaban del todo. Era lo unico que aprobaba, y la única clase en la que no sacaba sus libros de motor.

Jaime no era tonto. De hecho, con un poco de motivación, podria estar entre los mejores de la clase. Pero no. El sabía, que no habia nacido para estudiar a Felipe V, que no le importaba nada cuanto ocurría a su alrededor. Solo le gustaban los coches. Vivía para los coches. Su vida, eran los coches, y todo aquello que tuviera un motor y se moviera. Lo que más ansiaba en su vida, era poder tener los 18 años para poder conducir. De hecho, ya había empezado a ahorrar, con la poca paga que sus padres podían darle, y trabajando no muy duramente en el campo, en el pueblo en el que vivía, en la comunidad de Toledo, había conseguido juntar no mas de 200 euros.
No tenía amigos. Llevaba poco menos de un año en aquel pueblo, y no hablaba mucho. A veces salía a pasear, solo, con la única motivación de disfrutar por fuera todo lo que podría ser disfrutado un vehículo de 4 ruedas. Conocía hasta el mínimo detalle de su motor, su cilindrada, su fuerza, incluso reconocía varios modelos de coche solo por como sonaban.

A los 13 años, ya tenía muy bien sabido hacia donde se dirigiría su vida. Sabía que trabajaría rodeado de coches. Coches nuevos, coches viejos, coches potentes, coches caros, coches estropeados por los años. No sabía exactamente como, pero acabaría envuelto entre coches. Aunque no se le pasó por la cabeza ni una sola vez, ni siquiera en los sueños más retorcidos, la manera en la que acabaría rodeado por estos coches.

Solía imaginarse compitiendo en las carreras más rapidas de todo el planeta, pisando a fondo el acelerador, notando como la adrenalina le recorría la sangre, y sintiendo, para lo que él había nacido.

Los 18 años quedaban muy lejos. Sólo podía esperar. Ahorrar para el mismo día que obtuviera su mayoría de edad, pudiese tener su su coche. Estudiar desde bien pronto todo lo relacionado con el motor, para llegado el día, estar preparado. Pero le quedaban 5 años de espera, y demasiado poco que aprender.